El coraje, el sacrificio y el pueblo

Por: Martín Eduardo Botero


Hay imágenes que terminan definiendo una época.

La de un candidato presidencial colombiano obligado a hablar detrás de un vidrio antibalas es una de ellas.

No es una escena cinematográfica.
No es marketing político.
No es un exceso de dramatismo.

Es la prueba visible de que Colombia sigue siendo una nación donde quien desafía frontalmente al crimen, a las mafias y a las estructuras de poder enquistadas en el Estado debe convivir diariamente con la amenaza.

Y el hecho de que esta imagen haya recorrido el mundo entero a través de figuras internacionales seguidas por millones de personas debería producir una profunda reflexión nacional.

Porque ninguna democracia sana puede normalizar:
candidatos amenazados,
campañas bajo riesgo,
presión de grupos armados
o escenarios donde la violencia vuelve a acercarse peligrosamente a la política.

Pero quizá lo más importante no es el vidrio antibalas.

Lo verdaderamente importante es lo que ocurre detrás de él.

Porque hay hombres que, frente al peligro, retroceden.
Y hay otros que deciden avanzar aun sabiendo perfectamente el precio que pueden pagar.

Allí aparece el verdadero significado del coraje político.

No el coraje teatral.
No el discurso vacío.
No la valentía cómoda de los estudios de televisión.

Sino el coraje de quien sigue caminando entre el pueblo aun cuando sabe que existen amenazas reales contra su vida.

Y los pueblos, especialmente los pueblos heridos y cansados, saben reconocer eso.

Colombia conoce el miedo.
Ha vivido décadas enteras bajo la sombra de la violencia, el terrorismo, el narcotráfico y la corrupción.
Por eso precisamente el pueblo colombiano desarrolla una sensibilidad especial para distinguir cuándo un dirigente habla desde la comodidad del cálculo político y cuándo alguien está dispuesto verdaderamente al sacrificio.

Tal vez por eso el fenómeno outsider sigue creciendo.

Porque millones de ciudadanos comienzan a percibir algo mucho más profundo que una campaña electoral:
la sensación de que existe un hombre dispuesto a enfrentar el caos sin arrodillarse ante las mafias, el miedo o el establecimiento político.

Y eso tiene una fuerza emocional enorme.

La historia demuestra que las grandes transformaciones nunca fueron guiadas por figuras cómodas o complacientes.
Fueron impulsadas por dirigentes capaces de asumir riesgos personales en nombre de una causa colectiva.

Por eso el pueblo termina convirtiéndose en el verdadero escudo de quienes deciden luchar.

Las plazas llenas,
las caravanas,
los gritos en las calles,
las banderas agitadas con fervor
y la conexión emocional que hoy comienza a sentirse en toda Colombia no nacen solamente de un programa político.

Nacen de algo más antiguo y más poderoso:
la identificación entre un pueblo cansado del miedo y un liderazgo que transmite decisión, firmeza y sacrificio.

Un candidato dispuesto a enfrentar amenazas por defender sus convicciones probablemente también será un presidente dispuesto a enfrentar los problemas más difíciles de la nación.

Porque gobernar no es administrar encuestas.

Gobernar es tener el carácter suficiente para proteger a un pueblo incluso en los momentos más oscuros.

Y quizá eso es exactamente lo que millones de colombianos empiezan a ver hoy frente a sus ojos.

El vidrio antibalas protege al hombre.

Pero es el pueblo quien comienza a proteger la esperanza. 

Sobre el autor: Martín Eduardo Botero, PhD en Derecho Constitucional Europeo. Abogado graduado en Italia y España, miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid y procuratore legale en Italia. Autor de varios libros y más de un centenar de artículos jurídicos y profesor en universidades europeas y latinoamericanas.

Perfil en X: @boteroitaly

Nota editorial: Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la posición editorial de INFOCRONOS.

 


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