Una mujer presidenta

Por: Martín Eduardo Botero


Colombia no ha sido gobernada por una mujer. El dato, repetido como novedad posible, tiene algo de promesa y algo de ilusión. Promesa, porque abre una expectativa histórica. Ilusión, porque corre el riesgo de convertirse en argumento suficiente allí donde debería ser apenas el punto de partida.

En política, la novedad simbólica seduce. Introduce una narrativa de cambio, de ruptura con inercias que parecen agotadas. Pero el poder no se concede por lo que representa, sino por lo que es capaz de sostener. Y ahí comienza la verdadera prueba.

Paloma Valencia encarna esa doble condición. Por un lado, la posibilidad de un hecho inédito: una mujer en la presidencia de Colombia. Por otro, la pertenencia a una tradición política reconocible, con sus virtudes y sus límites. No es una figura que irrumpe desde fuera, sino una que se forma dentro de una arquitectura institucional que conoce y en la que ha operado durante años.

Esa pertenencia no es un defecto. Pero tampoco es neutral. Define un marco. La sitúa en el terreno de quienes buscan corregir el sistema más que impugnarlo. Y en el momento actual, esa diferencia no es menor.

Porque la elección que se perfila no es solo entre gobierno y oposición. Es entre dos formas de entender el cambio: la que lo administra y la que lo acelera. La que introduce ajustes y la que plantea rupturas. En ese eje, la novedad de género —por importante que sea— no basta para resolver la ecuación.

El riesgo está en confundir representación con dirección. Que Colombia pueda tener una mujer presidenta es, sin duda, un avance histórico. Que esa posibilidad se convierta en una mayoría política requiere algo más exigente: capacidad de gravitación, de orden, de centralidad.

En un escenario donde el desgaste institucional ha abierto el espacio para discursos más duros, más tajantes, más disruptivos, la pregunta no es si Paloma Valencia representa una novedad. La pregunta es si esa novedad es suficiente para convertirse en necesidad política.

Porque en política, lo posible no siempre es lo inevitable.

Y el poder, como se sabe, no se concede al primero que llega a la historia.
Se concede al que logra imponerse en el presente.

Sobre el autor: Martín Eduardo Botero, PhD en Derecho Constitucional Europeo. Abogado graduado en Italia y España, miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid y procuratore legale en Italia. Autor de varios libros y más de un centenar de artículos jurídicos y profesor en universidades europeas y latinoamericanas.

Perfil en X: @boteroitaly

Nota editorial: Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la posición editorial de INFOCRONOS.


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