Por: Martín Eduardo Botero
Colombia entra en mayo sin margen para la indiferencia.
No es un mes más en el calendario político. Es el momento en que una sociedad decide si corrige el rumbo o lo profundiza.
El país no está confundido. Está cansado.
No se trata de una fatiga pasajera ni de una percepción inducida. Es el resultado acumulado de casi cuatro años —44 meses— en los que la incertidumbre se ha vuelto cotidiana, la seguridad ha dejado de ser una garantía y la dirección del país se ha percibido, en demasiadas ocasiones, como errática.
En los últimos años, el país ha sido sometido a una constante reinterpretación de la realidad: lo que empeora se presenta como avance, lo que falla se explica como transición, lo que duele se relativiza como proceso.
Durante meses se ha discutido sobre candidatos, encuestas y alianzas. Pero en el fondo, la elección no trata de nombres. Trata de dirección.
Colombia no necesita más discursos.
Necesita dirección.
Por eso, el momento actual no puede leerse como una simple transición electoral. Es algo más profundo: el punto en el que una sociedad deja de preguntarse qué está ocurriendo… y comienza a preguntarse cuánto más está dispuesta a soportar.
La elección presidencial en Colombia no enfrenta simplemente a candidatos.
Enfrenta dos formas de ejercer el poder.
De un lado, una concepción que interpreta explica y administra la realidad tal como es presentada.
Del otro, una que busca corregirla, ordenarla y asumirla desde una lógica de dirección y responsabilidad.
Ya no se trata de comprender lo que ocurre. Se trata de asumir sus consecuencias.
El país no necesita más explicaciones.
Necesita decisiones.
Colombia no está condenada. Está a punto de decidir.
Y las naciones no cambian cuando se resignan.
Cambian cuando actúan.
La elección no definirá quién gobierna.
Definirá si Colombia vuelve a gobernarse.
Por eso, lo que está en juego no es un resultado electoral. Es la capacidad de una sociedad de dejar de explicarse a sí misma y comenzar, finalmente, a decidir.
Y, sin embargo, más allá de percepciones y estados de ánimo, hay un dato que no puede ser ignorado: el país está comenzando a moverse.
Las mediciones recientes confirman una tendencia clara. Iván Cepeda lidera la primera vuelta con un 37,4%, seguido por Abelardo De La Espriella con 29,4% y Paloma Valencia con 20,9%.
Pero el dato verdaderamente relevante no está en la fotografía inicial. Está en la proyección: en un escenario de segunda vuelta, el candidato que hoy ocupa el segundo lugar supera al primero por un margen cercano a seis puntos.
La conclusión es inequívoca. El país que hoy aparece dividido en la superficie, en el fondo expresa otra cosa: una mayoría potencial que aún no se ha concentrado.
Y es ahí donde se define todo.
Porque las elecciones no siempre las gana quien lidera. Las gana quien logra convertir el cansancio en decisión, y la dispersión en mayoría.
Colombia no está condenada. Está a punto de decidir.
Y por primera vez en mucho tiempo, esa decisión no depende de lo que se prometa, sino de lo que el país esté dispuesto a cambiar.
El resultado no está escrito.
Está esperando ser concentrado.
Sobre el autor: Martín Eduardo Botero, PhD en Derecho Constitucional Europeo. Abogado graduado en Italia y España, miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid y procuratore legale en Italia. Autor de varios libros y más de un centenar de artículos jurídicos y profesor en universidades europeas y latinoamericanas.
Perfil en X: @boteroitaly
Nota editorial: Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la posición editorial de INFOCRONOS.

