Más que Flávio Bolsonaro vs. Lula da Silva: la segunda vuelta presidencial de Brasil definirá su alineamiento estratégico en plena disputa entre Estados Unidos y China por la influencia en el hemisferio occidental

Por: Redacción Infocronos

La segunda vuelta presidencial de Brasil no definirá únicamente quién ocupará el Palacio de Planalto durante los próximos cuatro años. Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva llegan al 25 de octubre después de una primera vuelta en la que el primero obtuvo el 47,03 % de los votos y el segundo, el 45,16 %. Sin embargo, detrás de esta competencia electoral se encuentra una disputa de mayor alcance sobre el posicionamiento estratégico de Brasil, la mayor economía de América Latina, en medio de la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China por ampliar su influencia en la región.

Brasil combina atributos que ningún otro país de la región reúne en la misma escala. Tiene alrededor de 213 millones de habitantes y en 2025 registró un PIB nominal cercano a US$2,28 billones, por encima de México, que alcanzó aproximadamente US$1,83 billones. Es además el país de mayor extensión territorial de América Latina, miembro del G20 y uno de los once integrantes de los BRICS. 

Por eso, un cambio de orientación en Brasilia no tendría el mismo efecto que una alternancia política en un país pequeño. Puede modificar el equilibrio diplomático de Sudamérica, la relación con Washington y Beijing, el peso interno de Brasil dentro de los BRICS, la evolución del Mercosur, el acceso a minerales críticos y la forma en que la región se posiciona frente a conflictos que involucran a Rusia, Irán e Israel.

Estados Unidos volvió a mirar hacia el hemisferio

El contexto internacional también es distinto al de elecciones brasileñas anteriores. Durante su segundo mandato, Donald Trump ha convertido nuevamente al hemisferio occidental en una prioridad explícita de la estrategia de seguridad estadounidense.

La Estrategia de Seguridad Nacional publicada en 2025 establece que Estados Unidos busca restaurar su preeminencia en el hemisferio occidental, impedir que competidores extrarregionales controlen activos estratégicos o posicionen capacidades consideradas amenazantes y proteger el acceso estadounidense a espacios considerados esenciales. La propia Casa Blanca bautizó esta política como el “Trump Corollary” a la Doctrina Monroe, una actualización de la histórica doctrina hemisférica de Washington. 

Ese giro doctrinal no quedó únicamente en documentos. El 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas durante la Operación Absolute Resolve y lo trasladaron a Estados Unidos. La operación alteró profundamente uno de los principales focos de tensión geopolítica del hemisferio y afectó a un régimen que durante años mantuvo vínculos estrechos con China, Rusia e Irán. 

La importancia para Brasil es evidente. Washington volvió a tratar a América Latina como una zona prioritaria de competencia estratégica precisamente cuando la mayor economía de la región decide entre dos proyectos con aproximaciones distintas a Estados Unidos, China, los BRICS y la política exterior.

China ya es una relación estructural para Brasil

Eso no significa que una eventual Presidencia de Flávio Bolsonaro implique romper relaciones comerciales con Beijing.

La relación económica de Brasil con China tiene una profundidad que trasciende a cualquier gobierno. Entre enero y septiembre de 2026, China recibió US$84.677 millones en exportaciones brasileñas, equivalentes al 29,75 % del total, mientras Estados Unidos compró US$27.462 millones, el 9,65 %. China tuvo, por tanto, más de tres veces el peso estadounidense como destino de las ventas externas brasileñas. 

Aquí es necesario distinguir dos conceptos que suelen confundirse. Comercio y alineamiento estratégico no son lo mismo.

Brasil puede mantener un intercambio comercial gigantesco con Beijing y, al mismo tiempo, desplazar su centro de gravedad diplomático, político y de seguridad hacia Washington. Tener relaciones con distintas potencias no elimina la posibilidad de una preferencia estratégica.

Los propios programas registrados ante el Tribunal Superior Electoral muestran diferencias relevantes. Flávio Bolsonaro plantea apertura comercial, ingreso a la OCDE, integración a cadenas globales de valor, fortalecimiento de la defensa y una política específica para minerales críticos. Lula, en cambio, coloca entre sus prioridades la integración sudamericana mediante Mercosur, OTCA y Unasur, el multilateralismo y los BRICS, además de las relaciones con Asia, África, Oriente Medio y el denominado Sur Global. 

La elección no decide, entonces, si Brasil tendrá relaciones con China. Decide cuánto peso tendrá Beijing dentro de la política exterior brasileña y hasta dónde podría avanzar un eventual redireccionamiento estratégico hacia Estados Unidos.

BRICS, Rusia, Irán e Israel

La discusión se vuelve todavía más importante por la composición actual de los BRICS.

El bloque reúne once países, entre ellos Brasil, China, Rusia e Irán, y funciona como foro de coordinación política, económica y diplomática del denominado Sur Global. 

Dos de sus miembros se encuentran además directamente vinculados con grandes confrontaciones internacionales. Rusia continúa su guerra contra Ucrania, mientras Irán permanece enfrentado militarmente con Estados Unidos e Israel y sometido a fuertes presiones económicas y energéticas. 

La posición brasileña frente a esas tensiones importa porque Brasil no es un miembro periférico del bloque. Es uno de sus fundadores, una de sus principales economías y uno de los países con mayor capacidad diplomática para influir en su orientación.

La clave no está necesariamente en que Brasil abandone los BRICS, sino en cómo ejerza su peso dentro del bloque y hacia dónde desplace el centro de gravedad de su política exterior. Una Presidencia de Flávio podría mantener a Brasil dentro de esa estructura y, al mismo tiempo, acercar políticamente a Brasilia a Washington e Israel, modificando el equilibrio que hoy mantiene con China, Rusia e Irán.

Israel tampoco ocupa un lugar secundario en este tablero. Brasil e Israel mantienen relaciones diplomáticas desde 1949 y un vínculo comercial que alcanzó US$1.900 millones en 2025. Israel fue además el primer país externo a América Latina que firmó un tratado de libre comercio con Mercosur. 

En un escenario internacional marcado por la confrontación con Irán, la guerra en Ucrania y la competencia entre Washington y Beijing, el alineamiento diplomático de Brasil adquiere una importancia mucho mayor que en un contexto internacional estable.

Aranceles y una relación comercial bajo presión

La relación entre Brasil y Estados Unidos tampoco llega al 25 de octubre en condiciones normales.

En julio de 2026, Washington impuso un arancel adicional de 25 % sobre determinados productos brasileños después de una investigación bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio estadounidense. La investigación abordó comercio digital, sistemas electrónicos de pagos, tarifas preferenciales, protección de propiedad intelectual, acceso del etanol estadounidense, aplicación de normas anticorrupción y deforestación ilegal. 

El resultado de las presidenciales puede cambiar el clima político de esa negociación, aunque evidentemente no elimina de manera automática los aranceles. Esa decisión corresponde a Washington y responde también a disputas comerciales concretas.

Un gobierno brasileño políticamente más próximo a la administración Trump podría abrir un escenario de mayor entendimiento bilateral. Una victoria de Lula mantendría una relación en la que cooperación económica y diferencias estratégicas seguirían coexistiendo.

Mercosur también entra en juego

La elección brasileña tendrá además efectos sobre el principal bloque comercial sudamericano.

Desde el 1 de mayo de 2026 está en aplicación provisional el histórico acuerdo entre Mercosur y la Unión Europea, que crea una zona comercial de más de 750 millones de personas y representa cerca de una quinta parte del PIB mundial. 

Brasil es, por su tamaño, un actor indispensable del Mercosur. La orientación de Brasilia condiciona la velocidad de apertura comercial del bloque, las negociaciones con terceros países y el equilibrio interno con Argentina, Paraguay y Uruguay.

El programa de Lula coloca expresamente al Mercosur dentro de su proyecto de integración sudamericana. Flávio, en cambio, enfatiza apertura comercial, inserción en cadenas globales de valor y adhesión a la OCDE. Eso no significa necesariamente abandonar el Mercosur, sino que puede cambiar la forma en que Brasil utilice el bloque como instrumento económico y diplomático. 

El subsuelo brasileño también tiene valor geopolítico

Hay otro factor que convierte a Brasil en una pieza especialmente atractiva para Estados Unidos, China y otras potencias: los minerales críticos.

Brasil concentra algunas de las reservas minerales más importantes del mundo. Posee cerca del 94 % de las reservas globales de niobio y, según el Sumário Mineral Brasileiro 2025 de la Agencia Nacional de Minería, cuenta con 11,4 millones de toneladas de tierras raras, equivalentes al 13,9 % de las reservas mundiales, lo que ubica al país en el segundo lugar global detrás de China. También dispone de reservas significativas de grafito, níquel, litio y otros minerales esenciales para defensa, inteligencia artificial, transición energética, baterías, semiconductores y vehículos eléctricos.

Pero tener minerales bajo tierra no equivale a dominar su cadena industrial.

Brasil produjo apenas 326 toneladas de concentrado de tierras raras en 2025, mientras las autorizaciones de investigación para estos minerales aumentaron 485,4 % entre 2021 y 2025. El país dispone del recurso, pero todavía necesita inversión, procesamiento, tecnología y capacidad industrial para convertir esa riqueza geológica en poder económico. 

Ahí aparece directamente la competencia entre Estados Unidos y China.

Beijing mantiene una posición dominante en varias cadenas mundiales de procesamiento de minerales críticos, mientras Washington busca reducir su dependencia de China y asegurar suministros alternativos. Brasil puede convertirse, por tanto, en uno de los países con mayor capacidad para diversificar esas cadenas durante la próxima década.

No es casual que el programa de Flávio dedique apartados específicos a los minerales críticos y a la inserción internacional, mientras Brasil acaba de fortalecer su política pública para desarrollar exploración, procesamiento y agregación de valor en este sector. 

Quien gobierne Brasil administrará, por tanto, no solo la mayor economía latinoamericana sino una de las reservas de recursos estratégicos más relevantes en plena competencia tecnológica entre Washington y Beijing.

Nueve días antes de las elecciones de medio término

El calendario añade un último elemento. Brasil elegirá presidente este domingo 25 de octubre. Estados Unidos celebrará sus elecciones federales de medio término el 3 de noviembre, apenas nueve días después. 

No existe una relación causal demostrable entre el resultado brasileño y cómo votarán los estadounidenses. Las elecciones de medio término estarán determinadas principalmente por asuntos internos como costo de vida, inmigración, economía y la evaluación del Gobierno de Trump, aunque la política exterior y los conflictos internacionales también forman parte del entorno político estadounidense. 

La cercanía temporal sí tiene, en cambio, un valor político y simbólico. El resultado brasileño llegará cuando la administración Trump esté defendiendo ante su propio electorado una política exterior que devolvió prioridad estratégica al hemisferio occidental, capturó a Maduro, profundizó la competencia con China y convirtió los minerales críticos, las cadenas de suministro y la seguridad regional en asuntos centrales de seguridad nacional.

Una eventual victoria de Flávio podría traducirse en una mayor convergencia política entre Washington y Brasilia. Una victoria de Lula mantendría una política exterior más asociada a los BRICS, el multilateralismo, la integración del Sur Global y una relación particularmente profunda con China.

Ninguno de esos escenarios elimina las restricciones estructurales. Brasil seguirá necesitando comerciar con China. Estados Unidos seguirá siendo un socio económico, tecnológico, financiero y político de enorme importancia. Brasil continuará dentro de Mercosur y tendrá que administrar su pertenencia a los BRICS. Tampoco podrá ignorar a Europa, Rusia, India, Oriente Medio ni a sus vecinos sudamericanos.

Lo que puede cambiar es el centro de gravedad. Este 25 de octubre Brasil no escogerá simplemente entre dos candidatos. Definirá qué peso tendrán Washington y Beijing en su estrategia internacional, cómo utilizará su influencia dentro de los BRICS y Mercosur, qué socios participarán con mayor profundidad en el desarrollo de sus minerales estratégicos y qué posición asumirá la mayor economía latinoamericana en un mundo atravesado simultáneamente por la competencia entre Estados Unidos y China, la guerra entre Rusia y Ucrania y la confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos.

Y precisamente porque Brasil no es un actor menor, cualquier desplazamiento en su política exterior tiene capacidad para modificar el equilibrio geopolítico de todo el hemisferio.

Imagen de portada generada con fines ilustrativos.


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