¿Brasil girará a la derecha? El continente observa con atención la elección que puede coronar el giro político de América Latina

Por: Redacción Infocronos

Brasil no resolvió su Presidencia este domingo, pero las urnas sí dejaron una señal política contundente. Con el 99,99 % de las secciones totalizadas, Flávio Bolsonaro obtiene 47,03 % de los votos, equivalentes a 56.102.126 sufragios, frente al 45,16 % de Luiz Inácio Lula da Silva, con 53.866.947. Apenas 1,87 puntos porcentuales y 2.235.179 votos separan a los dos candidatos que volverán a enfrentarse el 25 de octubre.

La derecha llega, por tanto, desde el primer lugar a la elección definitiva en la mayor economía y el país más poblado de América Latina. El resultado también confirma que el bolsonarismo conserva una enorme capacidad de movilización nacional aun sin Jair Bolsonaro en la papeleta. Pero la segunda vuelta no es una simple continuación aritmética de la primera. Comenzará una nueva disputa por los electores de los candidatos eliminados, por quienes no votaron este domingo y por aquellos sectores capaces de modificar su decisión entre una ronda y otra.

Dos grandes bloques y sociedades divididas

Hay, sin embargo, otro dato del resultado que merece tanta atención como el orden de llegada. Bolsonaro y Lula concentran juntos el 92,19 % de los votos válidos. Brasil no solo termina la primera vuelta con menos de dos puntos entre los dos primeros. Prácticamente toda la competencia presidencial quedó absorbida por dos grandes campos políticos. 

Ese nivel de concentración conecta la elección brasileña con un fenómeno que viene apareciendo en varias de las principales disputas electorales recientes de América Latina.

En Ecuador, Daniel Noboa y Luisa González terminaron la primera vuelta de 2025 con 44,17 % y 44,00 %, respectivamente, apenas 0,17 puntos de diferencia. En Perú, la segunda vuelta de 2026 terminó con 50,135 % para Keiko Fujimori y 49,865 % para Roberto Sánchez, una distancia de apenas 49.641 votos y 0,27 puntos porcentuales. En Colombia, Abelardo De La Espriella obtuvo 49,66 % frente al 48,70 % de Iván Cepeda en el preconteo de la segunda vuelta, 0,96 puntos y 250.830 votos de diferencia. 

No son elecciones idénticas ni corresponden todas a la misma fase del proceso, por lo que sería metodológicamente incorrecto tratarlas como una sola serie comparable. Tampoco todas las presidenciales recientes de la región han terminado por márgenes mínimos. Lo relevante es la reiteración, en países distintos, de contiendas decisivas donde dos grandes bloques consiguen movilizar proporciones extraordinariamente semejantes del electorado.

Ahí aparece una característica central de este ciclo político latinoamericano. La región no solo está cambiando ideológicamente. Varias de sus democracias están atravesando esos cambios con electorados profundamente divididos entre proyectos políticos contrapuestos.

Ciertamente, un margen pequeño de diferencia no demuestra por sí solo polarización, porque puede expresar simplemente una competencia equilibrada. Pero la lectura cambia cuando esa estrechez coincide con identidades políticas fuertes, rechazo intenso al adversario, poca movilidad entre los principales bloques y una discusión pública organizada alrededor de modelos de país difíciles de conciliar.

Brasil reúne buena parte de esas condiciones. Lulismo y bolsonarismo dejaron hace tiempo de ser únicamente preferencias electorales. Son polos capaces de ordenar coaliciones sociales, territoriales y partidistas y de articular visiones distintas sobre economía, seguridad, instituciones y política exterior. La primera vuelta de este domingo vuelve a mostrarlo. Más de nueve de cada diez votos válidos quedaron concentrados entre ambos proyectos.

Eso tiene consecuencias que van más allá del 25 de octubre. Una victoria estrecha no elimina políticamente a quien pierde. Quien llegue al Palacio de Planalto gobernará un país en el que decenas de millones de ciudadanos habrán respaldado al proyecto contrario. La capacidad para construir mayorías legislativas, administrar la confrontación política y ampliar legitimidad más allá del propio electorado será tan importante como ganar la elección.

El giro regional y el precedente venezolano

A esa división interna se superpone otro movimiento que ya modificó el mapa político latinoamericano. Durante los últimos años, y con especial intensidad desde 2025, fuerzas de derecha, centroderecha y centro ampliaron su presencia regional. Daniel Noboa fue reelegido en Ecuador; Rodrigo Paz puso fin al prolongado predominio del MAS en Bolivia; José Antonio Kast llegó al poder en Chile; Nasry Asfura ganó en Honduras; Laura Fernández en Costa Rica; Keiko Fujimori en Perú y Abelardo De La Espriella en Colombia. No pertenecen todos a una misma familia ideológica. Bolivia obliga, por ejemplo, a distinguir al centro de la derecha. Pero el desplazamiento regional es evidente y el mapa que acompaña este análisis permite dimensionarlo. 

Para entender el alcance de ese cambio conviene mirar el ciclo político anterior. La llamada marea rosa comenzó a finales de los años noventa y se expandió durante la década siguiente con la llegada de gobiernos de izquierda en buena parte de América Latina. Ese proceso respondió a realidades nacionales diferentes, pero su expansión coincidió con el ascenso de Hugo Chávez y, posteriormente, con una Venezuela beneficiada por enormes ingresos petroleros.

Aquella bonanza dio a Caracas una capacidad excepcional para proyectar influencia regional. Chávez convirtió parte de la renta petrolera en instrumento de política exterior mediante Petrocaribe, ALBA, financiamiento preferencial y proyectos de cooperación con gobiernos aliados. En su momento de mayor alcance, Petrocaribe llegó a suministrar cerca de 200.000 barriles diarios bajo condiciones favorables, con un subsidio anual estimado en 1.700 millones de dólares. La literatura especializada documenta el uso de los petrodólares como una herramienta central de influencia política y diplomática del chavismo en la región. 

Eso no significa que el dinero venezolano haya producido por sí solo las victorias electorales de la izquierda. Cada país tuvo sus propias crisis, liderazgos, movimientos sociales y dinámicas políticas. Pero excluir ese factor también dejaría incompleto el análisis. Venezuela aportó recursos, energía y mecanismos de cooperación a una arquitectura regional afín y permitió a Caracas asumir costos económicos para proyectar influencia más allá de sus fronteras.

El contraste con 2026 es considerable. Nicolás Maduro fue capturado por fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero y trasladado a Estados Unidos. Delcy Rodríguez asumió posteriormente como presidenta interina. Aunque figuras centrales y buena parte de la estructura chavista permanecen dentro del aparato de poder, Venezuela atraviesa una profunda reconfiguración política y ya no ocupa la posición material que tuvo durante los años de mayor expansión regional del chavismo. 

La diferencia es relevante. La influencia económica, energética y diplomática que Venezuela ejerció durante la expansión de la marea rosa ya no existe hoy en la misma escala. El actual desplazamiento hacia fuerzas de centro, centroderecha y derecha tampoco aparece articulado alrededor de una potencia latinoamericana que financie una arquitectura política regional equivalente a la que Venezuela pudo sostener durante el auge petrolero. Eso no permite concluir que el debilitamiento venezolano explique por sí mismo los retrocesos electorales de la izquierda, pero sí evidencia que el equilibrio material de poder en América Latina es muy distinto al que acompañó la marea rosa.

Brasil es la pieza capaz de darle a ese movimiento una escala diferente. No es una casilla más que puede cambiar de color. Es la principal economía latinoamericana, el país con mayor población de la región, miembro del G20 y uno de los once integrantes de los BRICS. 

Brasil entre Washington y Beijing

Por eso la segunda vuelta también tiene una dimensión geopolítica. Durante el gobierno de Lula, Brasil profundizó su participación en los BRICS y mantuvo una relación económica decisiva con China. Flávio Bolsonaro representa una orientación políticamente mucho más próxima a Donald Trump y a Washington.

Pero reducir la elección a una decisión entre Estados Unidos y China sería simplificar en exceso la posición brasileña. La estructura económica impone límites a cualquier alineamiento ideológico. Entre enero y agosto de 2026, China recibió 30,72 % de todas las exportaciones brasileñas, mientras Estados Unidos representó 9,61 %. El mercado chino tuvo así más de tres veces el peso estadounidense como destino de las ventas externas de Brasil durante ese período. 

La relación, además, no es coyuntural. El Fondo Monetario Internacional señala que China pasó de representar alrededor del 3 % de las exportaciones brasileñas a comienzos de los años noventa a cerca del 30 % en 2025, convirtiéndose en el principal socio comercial del país. 

Una eventual Presidencia de Flávio Bolsonaro podría, por tanto, modificar el alineamiento político, las prioridades diplomáticas y el tono de la relación con Washington, pero no eliminar la interdependencia económica con Beijing. Esa diferencia entre afinidad política y dependencia comercial es fundamental para entender el margen real de maniobra de Brasil.

El calendario añade otro elemento. Brasil elegirá presidente el 25 de octubre. Apenas nueve días después, el 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará sus elecciones legislativas federales, que definirán la nueva correlación de fuerzas en el Congreso estadounidense durante la segunda mitad del mandato de Trump.

No existe una relación causal automática entre ambas elecciones, pero sí una coincidencia política excepcional. En menos de diez días, Brasil definirá la orientación de la principal potencia latinoamericana y Estados Unidos determinará cuánto margen legislativo conservará su Gobierno durante los dos años siguientes.

Brasil concentra hoy dos procesos que están transformando simultáneamente a América Latina. El primero es ideológico, con el desplazamiento del mapa regional hacia gobiernos de centro, centroderecha y derecha. El segundo es electoral, con la aparición, en varias de las principales democracias de la región, de competencias extremadamente estrechas entre grandes bloques políticos. Uno habla de hacia dónde se está moviendo la región. El otro, de qué tan divididas están las sociedades que protagonizan ese movimiento.

Si Flávio Bolsonaro gana el 25 de octubre, la mayor potencia latinoamericana se incorporará al desplazamiento político que ya alcanzó a buena parte de la región. Si Lula obtiene la reelección, Brasil permanecerá como el principal contrapeso de izquierda, por tamaño e influencia, frente a ese proceso. Por eso el continente observa con atención.

Brasil no decidirá únicamente quién gobernará el país durante los próximos años. Decidirá si el giro político que ha reconfigurado América Latina alcanza también a su mayor potencia, en una región donde la arquitectura económica y política que acompañó la expansión de la marea rosa ya no es la misma y donde varias sociedades están llegando a sus grandes decisiones electorales divididas casi por mitades.

Flávio Bolsonaro finalizó la primera vuelta en el primer lugar con 47,03 % de los votos, frente al 45,16 % de Lula da Silva. Ambos disputarán la Presidencia de Brasil en segunda vuelta el próximo 25 de octubre. 
Así quedaría el mapa político de América Latina si Flávio Bolsonaro gana la segunda vuelta en Brasil, con una mayor presencia regional de gobiernos de centroderecha y derecha. Elaboración: Infocronos.

Imagen de portada generada con fines ilustrativos.


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