Saltan en cuatro patas en parques públicos. Usan máscaras de zorro o lobo. Se graban aullando y publican los videos en redes sociales. No dicen que estén jugando ni actuando. Aseguran que esa es su identidad. Se hacen llamar therians.
En las últimas semanas, el término se multiplicó en plataformas como TikTok, Instagram y YouTube, donde miles de usuarios —principalmente adolescentes— comparten videos en los que afirman identificarse internamente con un animal real. Lo que hasta hace poco permanecía confinado a foros digitales marginales hoy circula masivamente. La viralización no es casual: responde a un ecosistema algorítmico que premia lo llamativo, lo polémico y lo emocionalmente provocador.

¿Qué significa ser “therian”?
Quienes adoptan esta etiqueta sostienen que poseen una identidad interna vinculada a un animal —lobo, zorro, felino o incluso una especie extinta—, aunque no afirman transformarse físicamente. La identificación es descrita como psicológica o emocional. No se presenta como metáfora ni como juego, sino como una dimensión constitutiva del yo.
La comunidad utiliza una terminología propia. “Theriotipo” designa el animal con el que la persona dice identificarse. Los llamados “shifts” serían momentos en los que experimentan sensaciones o impulsos asociados a ese animal. Y el “quadrobics” —práctica particularmente viral— consiste en correr o saltar en cuatro patas, imitando movimientos animales. Aunque algunos sostienen que su identidad es privada, la exposición pública de estas conductas es parte central de su expansión.

No es lo mismo que ser “furry”
Una confusión frecuente es equiparar a los therians con la subcultura furry. Sin embargo, los propios therians rechazan esa comparación. El mundo furry gira en torno a personajes animales antropomórficos y suele tener un componente artístico o recreativo. En contraste, los therians insisten en que no se trata de un hobby ni de un disfraz, sino de una identidad. También se relacionan con el término otherkin, que agrupa identidades no humanas más amplias; dentro de ese espectro, los therians se identifican específicamente con animales reales.

De foros marginales a fenómeno viral
Lejos de ser completamente nuevo, el movimiento tiene antecedentes en foros anglosajones de los años 90. Durante décadas se mantuvo en comunidades digitales reducidas. Lo que cambió no fue su existencia, sino su visibilidad. Las plataformas de video corto, con algoritmos diseñados para maximizar interacción, convirtieron una subcultura en contenido masivo.
El impacto visual de los videos, la edad de quienes participan y la reacción —tanto de apoyo como de burla— alimentan el ciclo de viralización. En internet, la controversia no frena la difusión: la potencia.
El debate de fondo
El fenómeno abrió discusiones en familias, colegios y espacios públicos. ¿Se trata de una etapa de exploración adolescente amplificada por redes? ¿De una búsqueda de pertenencia en entornos digitales hiperconectados? ¿O de una muestra de cómo las plataformas pueden moldear y reforzar formas de autopercepción mediante la validación constante?
Desde el punto de vista clínico, la identidad therian no figura como diagnóstico en manuales psiquiátricos. Los especialistas suelen advertir que cualquier conducta solo sería motivo de intervención si genera deterioro funcional o sufrimiento significativo. Sin embargo, la discusión excede lo médico.
La cuestión es cultural. En una era donde la identidad puede construirse, exhibirse y validarse públicamente en tiempo real, los límites entre expresión personal, performance y búsqueda de atención se vuelven cada vez más difusos. Los algoritmos no solo distribuyen contenido: también influyen en qué formas de identidad se vuelven visibles, imitables y socialmente reforzadas.
Más que una tendencia
La viralidad puede disminuir, como ocurre con muchas modas digitales. Pero el debate que deja es más profundo: hasta qué punto el entorno digital está redefiniendo la noción misma de identidad, especialmente entre adolescentes.
Los therians no son únicamente una curiosidad de internet. Son un síntoma de un ecosistema que convierte la autoidentificación en contenido y la validación en moneda social. Y esa discusión, lejos de agotarse, recién empieza.

